RELATO FINALISTA: La Odisea bretona

¡Ya hemos elegido los 5 relatos finalistas! En este caso se trata de La Odisea bretona y su autora es Ana Lorenzo, de Mochileo Low Cost. Si creéis que éste es el mejor relato no os olvidéis de hacer click en “Me gusta” para dar vuestro voto en Facebook. ¡El relato con más votos se lleva el premio!

Hacía unas horas que habíamos despertado y salido de nuestro albergue en Clichy, en París, y aún no habíamos cogido el tren hacia la Bretaña. El hecho de que extraviáramos nuestra cámara de fotos de vuelta de Versailles el día anterior había trastocado los planes. Era una quimera, pero cabía la esperanza de que alguien la encontrara y la dejara en objetos perdidos en la estación de Montparnasse. “Nadie ha devuelto la cámara”. Ni la tarjeta, que en estas situaciones es incluso más importante. Fotos de tres días en París y la visita a Versailles perdidas. Pero nuestro viaje continuaba.

El objetivo era el albergue de Cancale, algo alejado del centro del pueblo. De eso éramos conscientes. Confiados, no preparamos qué tren debíamos coger. Entremezclando francés e inglés, conseguimos que la azafata nos vendiera un billete a La Gouesniere-Cancale. Montamos en el tren y tocaba esperar 3 horas y media hasta nuestro destino.

El tren tenía parada en Rennes. Lo que no sabíamos era que en Rennes esperaríamos dos horas más. El tren paró y muchas personas salieron y preguntaron a los trabajadores qué ocurría. Había un incendio y debíamos esperar. Nos ofrecieron ir en un autobús al que incluso estuvimos a punto de subirnos. Finalmente, y tras cambiar de tren, nos dirigíamos a Cancale en el tren Rennes-St. Malo.

Nuestra parada era Cancale. Lo anuncian en la megafonía del tren y bajamos junto a varias personas. Al bajar apenas tuvimos tiempo de reaccionar. La gente se montaba en coches y salía del aparcamiento de un apeadero con sólo un pequeño hotel familiar. Preguntamos: “unos 10 kilómetros”. Tocaba andar. Allá que fuimos mochila al hombro y sin saber cuánto nos quedaba por andar, con la amenaza de la fría noche del septiembre bretón. Pasaban coches que hacían el ademán de parar y preguntar adónde íbamos. No nos atrevíamos a hacer “autostop”.

Después de dos horas y media de caminar y ya de noche, conseguimos llegar. Eran las 20:30 y el pueblo estaba vacío. Pero había un supermercado, donde entramos a preguntar cómo de lejos estaba el albergue. Hablar con un bretón sin tener demasiados conocimientos de francés es difícil, pero aún así pudimos acordar que el encargado nos llevaba. Esperamos unos 20 minutos a que dieran las nueve y cerrara. Caímos en la cuenta de que el albergue cerraba a las 21 y que llegaríamos más tarde, así que empezamos a llamar, pero en aquel lugar no había cobertura. Imposible contactar. No sabíamos cómo entraríamos, hasta que finalmente pudimos hablar con el chico, que en inglés nos explicó la manera de entrar en el albergue, aun sin nadie allí. A las 21 horas nos montamos en el coche del encargado y confiamos en él. Tampoco nos quedaban muchas opciones. Llegamos y, tras las instrucciones que nos habían dado, entramos y subimos a nuestra habitación. Por fin llegamos. Parecía que eran las 3 de la mañana por el silencio que reinaba. Nos tumbamos. Nos miramos, reímos y pensamos: “Esta historia es para contarla”.

¡Muchas gracias por este relato de viajes Ana! ¡Y enhorabuena por haber sido escogida finalista!

Gracias por las fotografías en Flickr a zaps06 y Олександр Виaл.

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